
Si Pablo, hostigado por innumerables flagelos, aherrojado con cadenas,
estando en la cárcel, a media noche, cuando a todos invade el sueño más
agradable, alaba con Silas continuamente a Dios, y ni el lugar, ni el
tiempo, ni la preocupación, ni el sueño del tirano, ni aquellos
trabajos, ni los dolores, ni ninguna otra cosa le hacían interrumpir
aquella melodía; mucho más nosotros, que vivimos plácidamente y gozamos
de los bienes de Dios, nos conviene entonar himnos que le den gracias,
de modo que si alguna cosa aflojara nuestra alma por la ebriedad o por
la voracidad, viniendo después la salmodia [nuestra alma] pueda rechazar
todas aquellas ímprobas y vacías resoluciones. Y lo mismo que muchos ricos llenando de bálsamo la esponja limpian las mesas para que, si ha quedado alguna mancha de los alimentos, desaparezca y quede la mesa más limpia; así también hemos de hacer nosotros lo mismo, llenando la boca con el bálsamo de la melodía espiritual, para que, si aparece una mancha en el alma por la voracidad, la limpiemos con aquella melodía, y todos a una digamos:
Nos has deleitado, Señor, con tus hazañas, y gozaremos con las obras de tus manos (Sal 91, 5)
Juan Crisóstomo