¡Desventurado de mí! El Padre celestial creó mi alma superior a todas las cosas sensibles, la adornó con sus más ricos dones, la escogió por esposa querida..., y yo he huido de El y lo he perdido. ¡Padre mío!, ¡amor mío! ¡Ay, ay, desgraciado de mí! ¿Qué he hecho?, ¿Qué es lo que me he perdido? Perdiéndoos a Vos me he perdido a mí mismo, he perdido la amistad de los ángeles del cielo, se ha desvanecido como el humo toda mi felicidad, mi alma ha quedado sola y desnuda de todo bien...
¡Oh dureza del corazón humano, que tales pecados es capaz de cometer!; ¡oh corazón más duro que el bronce, que no te quiebras de dolor! En otros tiempos más felices, mi alma era la esposa amada del Rey de la Gloria; ahora no merece ser su vil esclava...
SUSÓN.

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