Siempre me gustò el desierto. Te sientas sobre una duna. No ves nada. No oyes nada. Y sin embargo, algo está irradiando en el silencio, a tu alrededor.
Lo que embellece al desierto, dijo el pequeño príncipe, es que, en algún lugar, el desierto esconde un pozo.
Quedé asombrado al comprender de repente esa misteriosa irradiación de la arena.
Caminando, caminando, descubrí el pozo, al despuntar el día...
Tengo sed de esa agua, dijo el pequeño príncipe, dame de beber...
Y entonces comprendí lo que él había estado buscando.
Levanté el cubo hacia sus labios. Él bebió con los ojos cerrados. El agua era un suavísimo néctar. Era mucho más que un alimento...
SAINT-EXUPERY
CONRAD DE MEESTER; LAS MANOS VACÍAS ( El mensaje de Teresa de Lisieux).
Edit. Monte Carmelo.



























