La Virgen debe de estar ahí para ayudarnos a entregar nuestro cuerpo al Espíritu. Sin ella jamás se dijo: "Hágase en mi según tu palabra" (Lc 1, 38) y nunca se dirá: "heme aquí, soy tuya", a Dios, que ofrece a su Hijo por su Espíritu. Debe de estar ahí, en la preparación más o menos larga, subterránea y oculta, en la que el Espíritu alumbra el amor en nuestro espíritu para comunicarse de ahí a nuestra carne. Todo lo que se hizo en ella debe, pues, hacerse en nosotros... y por ella. Está implicada (e indispensablemente) en todas nuestras divinas relaciones. Ella es siempre María, "de la que nació Jesús" (Mt 1,16).
POR UN CARTUJO.
Maestro
¿dónde moras?
Editorial Monte Carmelo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario