Una cuestión clave es la del discernimiento entre las veces en que conviene ser activo y esas otras en que, por el contrario, hay que estar pasivo en la oración.
A veces hay que estar activo, pues si no se cae en la pereza o en la rutina. Es necesario meditar, leer, hablar, poner en movimiento y alimentar activamente nuestra fe, nuestra esperanza, nuestro amor.
Otras, por el contrario, tenemos que dejar a un lado la lectura, la meditación, la actividad, quedar más bien tranquilo y silencioso, pues el Espíritu Santo nos hace el regalo de entrar en una gracia contemplativa: sentimos en nuestro corazón una inclinación a callarnos, sin actividad particular de la inteligencia, sino en una simple atención amorosa a la presencia de Dios. El pensamiento y la imaginación pueden ir un poco de aquí para allá, pero en el corazón hay una atención amorosa a Dios, y eso basta. No hay necesidad de muchos pensamientos ni palabras, sino sencillamente mantener esta atención amorosa del corazón.
JACQUES PHILIPPE.
LA ORACIÓN OXÍGENO DEL CREYENTE.
EDITORIAL RIALP.

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