Ut Ómnibus Glorificetur Deus (para que en todo sea glorificado Dios).

Santa Regla de San Benito, capítulo 57.

sábado, 29 de agosto de 2026

La región de la desemejanza


 

Los autores cistercienses insisten en la abyección de esta región en donde el hijo pródigo apacienta puercos durante un largo periodo de tiempo. La conciencia queda como podrida interiormente; y a fuerza de apacentar cerdos, el pecador desea saciar de algarrobas el vientre de su memoria. La vida con los cerdos supone una verdadera muerte espiritual; es una esclavitud, pero ahora no bajo la férula de un único dueño, sino bajo el imperio de innumerables pasiones.

Esta región de la desemejanza corresponde al estado de pecado original. Una situación que embarga al hombre desde el instante en que nace, incluso si todavía no ha optado por el mal. Es como un eco lejano de la historia de lo que los existencialistas denominarán el pecado de la existencia. Sin embargo, la expresión y el sentido de la región de la desemejanza no es unívoca. Su simbolismo abarca tres planos superpuestos. La presente vida es de suyo una región de desemejanza. Aquí nunca será posible consumar la plena semejanza con Dios. El medio ambiente, el tópico del mundo, en donde el hombre corriente vive, es, para nuestros cistercienses, la región de la desemejanza, ya que fomenta el clima adecuado al pecado y a sus secuelas.

Bernardo concibe la miseria del hombre desemejante, encarnada en su misma persona, superior a cualquier otro tipo de miseria física o filosófica. La desemejanza es vital. Bernardo descubre su <<yo>> de miseria en cuyo rescoldo late un Dios que salva. Confiesa que su carne está viciada por una costumbre mala. La memoria de los pecados pasados es como una sentina inmunda que es preciso purificar sin descanso. <<Esta pesadez de la carne que oprime al espíritu la conocemos por propia experiencia y por la enseñanza del texto sagrado>>.

En el primer sermón sobre la Septuagésima, Bernardo describe los obstáculos e impedimentos que retardan nuestra unión con Dios: ignorancia de nuestro verdadero bien, placer malo, amargura, envidia. La concupiscencia es como una mancha que contamina todo el ser del hombre <<peste de múltiples formas>>, <<virus pestilentes>> que atacan a los sentidos internos y externos y que nos inclinan a la ambición, a la avaricia. El hombre creado a imagen y semejanza de Dios, no comprendió su grandeza y bajó desde la semejanza hasta la desemejanza. ¡Terrible desemejanza!, cambió el paraíso en infierno, de ángel en jumento, de Dios en diablo. Abominable conversión, trueque de gloria en miseria, de vida en muerte, de paz en combate, con esclavitud sin fin. Maldito hundimiento, de las riquezas en la pobreza, de la libertad en la esclavitud, de descanso en fatiga. Desgraciados todos nosotros, nacidos miserables, vemos la luz de la existencia en el llanto, trabajamos en fatiga y morimos en dolor. Progenitores y vástagos somos de un pecador. Saltamos a la existencia ya pecadores, engendrados por un corrompido; corrompidos y forzados también nosotros por el gen de un forzado. Gente pecadora, pueblo cargado de culpas, raza de malvados, hijos degenerados que acumulamos delito tras delito. En su presencia somos como si no existiéramos. Nos tenemos por algo, pero para él no contamos absolutamente nada. Heridos, entramos en el mundo, vivimos en el mundo y salimos del mundo. De la planta del pie a la cabeza no hay parte ilesa en nosotros>>

La guerra nos invade por todas partes. Tomamos conciencia de nuestro estado de miseria cuando nos asaltan las tentaciones. El enemigo se vale de nuestra misma naturaleza. Bernardo lo describe patéticamente: <<Nos amarra con nuestro cinturón y nos golpea con nuestro propio cayado>>. <<Cada día y cada noche leemos y cantamos las palabras de los profetas y de los evangelios. ¿De dónde saltan tantos pensamientos vanos, nocivos, obscenos, que nos torturan por la impureza, el orgullo, la ambición y por cualesquiera otras pasiones, hasta el punto de que apenas podemos respirar en la serenidad de sublimes consideraciones? ¡Que desgraciados somos a causa de la tibieza en nuestro corazón!>>. 



SAN BERNARDO DE CLARAVAL.

Edición bilingüe preparada por 

LOS MONJES CISTERCIENSES DE ESPAÑA.

BIBLIOTECA DE AUTORES CRISTIANOS.

 


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